
El violonchelo se toca generalmente con un arco, que está formado por una vara de madera sobre la que se tensan cerdas procedentes de crines de caballo. También puede tocarse con la punta de los dedos, utilizando la técnica llamada pizzicato (‘pellizcado’), en italiano. El arco está formado por una cabeza, una varilla, y las cerdas.
La cabeza, es donde se encuentra la nuez, pieza de ébano, con adornos de nácar para sujetar las cerdas, y el tornillo, que sirve para regular el grado de tensión de las cerdas. La varilla, es una vara de madera de pernambuco normalmente, aunque se está reemplazando por fibra de carbono, con un extremo llamado punta, y el otro talón, donde se encuentra la cabeza. Las cerdas suelen ser unas 250, aunque su número puede variar. Pertenecen normalmente a caballos macho, porque sus crines son más fuertes y limpias.
La crin más preciada es la de los caballos de zonas nórdicas o de climas más frÃos, ya que su resistencia y dureza es mayor, especialmente la del caballo mongol, criado expresamente para la elaboración de arcos.
El color, en principio, no influye, aunque parece que las blancas son algo más finas. Algunos violonchelistas y contrabajistas usan cerdas negras porque dicen que imprimen más carácter a la interpretación. Las cerdas, por sà mismas, no efectúan ningún tipo de agarre en la cuerda cuando se frota. Por ello se les ha de aplicar resina para obtener una buena sonoridad y rentabilizar la duración del encerdado del arco.
El arco ha ido evolucionando a lo largo de los siglos. Ya se conocÃa en las culturas más primitivas, y llegó a Europa hacia el siglo XI. Al principio era una mera vara que se doblaba por la tensión de las cerdas hacia fuera y que se agarraba por el centro (como un arco de caza).
Prácticamente no hubo ningún cambio hasta el siglo XVII, cuando se incorporó la nuez al talón para aumentar el peso del arco, además de permitir cambiar la tensión y que la vara se doble hacia dentro, lo que mejora la calidad acústica. Se cambió la convexidad del arco a su forma actual en el siglo XVIII. Fueron Tourte y Villaume en el siglo XIX los que fijaron el arco tal y como lo conocemos ahora.